Snow Monkeys (los monos de la nieve)

Visitar Japón me parece una experiencia inolvidable como pocas. La cultura japonesa, aunque distante y a veces excéntrica, tiene cautivados a millones de personas alrededor del mundo. A mí, particularmente, nunca me había llamado especialmente la atención. Pero cuando llegué y vi en Tokyo el paso de peatones más transitado del mundo, a dos mujeres en kimono tomando un taxi en Kyoto, visitar una fábrica de cerveza en Sapporo (del mismo nombre, la mejor de Japón, por cierto y para mi gusto), los templos milenarios, la extremada educación y orden en las escaleras del metro o viajé en trenes bala con el Monte Fuji a lo lejos, todo cambió, y en 1viajealdia, sin duda, tendrán su momento. Hoy le toca el turno a unos seres muy especiales, que viven en las montañas de Nagano y que se pasan el día a la bartola en piscinas naturales de aguas termales: los monos de la nieve.

Para nosotros, al vivir en Singapur, Japón era el lugar más cercano para poder disfrutar de la nieve: siete horas de avión y siete más por carretera. Catorce horas en total y 34 grados de diferencia para vivir la experiencia nipona. Aprovechando uno de esos viajes invernales, decidimos invertir el día en esta emocionante excursión.

Para ver a estos monos tan curiosos, se debe llegar por un camino de un par de kilómetros en medio de una ladera, con lo que por un lado se ve la montaña desde abajo, y por el otro se ve desde arriba. El lugar es un valle conocido como Jigokudani, es decir, el valle del infierno, por sus escarpados acantilados y por el agua caliente de sus manantiales. Al llegar, se empiezan a observar y escuchar a los primeros monos cogidos a unas tuberías que utilizan los japoneses para canalizar el agua de las montañas. Como contienen las aguas termales, los monos las abrazan mientras duermen. Entonces, se llega al final del camino donde se encuentra la piscina natural y en donde las hembras y las crías (los machos no suelen meterse), toman su baño caliente y se desparasitan mutuamente mientras la mayoría permanece sumergida, además de literalmente, en el más plácido de los sueños y con la cara como un tomate de roja. ¡Parecen tan humanos! Te puedes acercar con tu cámara a escasos veinte centímetros y ni se inmutan. Solo los más pequeños muestran su curiosidad como tu la tuya: con los ojos como platos y la cara conmovida. Igualmente conmovido me quedé, aunque esta vez de terror, al mirar fijamente a un macho que no se lo tomó muy bien y me mostró unos colmillos que hacían honor al nombre del valle. Le pedí perdón, me di la vuelta y continué disfrutando del espectáculo.

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